Lenka Procházková: GRATITUD AL SEPULTURERO

RELATO PERIODÍSTICO – BRNO 92

Este relato trata de mi padre, el escritor Jan Procházka, cuyo funeral en febrero de 1971 pretendieron frustrar los Servicios Secretos de la Seguridad de Estado para evitar que se convirtiera en un acontecimiento de participación masiva. Mi padre fue uno de los hombres del proceso de renacimiento, la llamada „Primavera de Praga“ del 1968. El relato lo escribí después de la Revolución de Terciopelo, fue publicado en el diario Metropolitan. Mereció el tercer premio del evento El Relato Europeo de 1992.


Como Shakespeare no era muy dado a comentarios respecto a la puesta en escena de sus obras, sólo nos queda conjeturar si pretendía que la escena de los sepultureros se desarrollara de día o al oscurecer. El que el acto culmine con la dramática sepultura de Ofelia, no es una guía para la definición del tiempo. Por aquel entonces acaso eran habituales los entierros después de la caída del sol, ante todo en el pequeño cementerio de Elsinor y ante todo por tratarse de una ahogada. Los enterradores y el sacerdote deliberan y sostienen que, en buena ley, esta difunta debería descansar en tierra no sagrada, pero hubo alguien que lo impidió. ¿Quién? ¡Sin duda, la Reina! Porque a ella, la sola huida de la joven debió de producirle la pérdida del juicio. ¿Y qué decir de esa muerte…? „De acuerdo“, se resigna el sacerdote, „pero tiene que ser de noche“, y envía a un mensajero a los sepultureros para que preparen el sitio sin tardar.

También en nuestro remoto drama familiar la escena de los sepultureros se desarrolló al oscurecer. Por cierto que buscábamos el lugar desde la mañana, pero todo parecía indicar que Praga ya no aceptaba más muertos. No fue sino en Olšany que alguien nos dijo muy en voz muy baja que para Elsinor nuestro muerto es un tabú. „¡Entonces vamos a enterrarlo en Moravia!“, decidió mi madre. ¡„De todas maneras él odiaba este lugar!“, añadió injustamente en su justa ira. Pero un amigo del muerto y también de nosotros, los vivos, objetó con razón que así entre mi padre y nosotros mediaría no poca distancia „Pues, vamos a intentarlo una vez más en Motol“, suspiró mi madre. „Tal vez ahora, de noche, demos ahí con alguna persona... normal.“ Hizo funcionar los limpiaparabrisas para ver, a través de las lágrimas, el camino.

Íbamos bajando por un largo camino serpenteado cuando de repente, en una curva, frenó. „ ¿Veis aquello a la izquierda?“. Desde lejos se discernía algo como un árbol de Navidad iluminado, sólo que tendido en el suelo. De cerca era un pequeño cementerio. Pequeño, acogedor como los camposantos de los pueblitos, con una pequeña capilla y una pequeña casa para el sepulturero.

El hombre, sentado a la luz de una lámpara con la pantalla muy baja, puso a un lado los cubiertos y dirigió una mirada molesta a la ventana. Luego se incorporó, se metió la camisa de cuadros por dentro del cinturón y del pantalón, llamó con un silbido al perro y nos abrió la puerta. Sentí como si ese instante ya lo hubiese vivido alguna vez, pero lo más probable es que sólo fuera algún recuerdo emocional de mis lecturas. La cultura de la Antigüedad está llena de semejantes situaciones. La prohibición de enterrar se había arraigado rápidamente también en la Edad Media: la Iglesia castigaba sin compasión, mas renegando del muerto „malo“ a menudo también perdía a los vivos „buenos“. Los modernos inquisidores completaron sus tácticas de vigilancia científico-técnicas con las viejas y comprobadas prácticas de la humillación. Mas el hombre de camisa de cuadros no entraba su juego, se habían olvidado de su pequeño camposanto de la periferia.

„¿Cómo que están recorriendo inútilmente toda la ciudad?“, inquirió, incrédulo, mientras a su espalda, se le enfriaba la cena. Nuestro silencio cansado le impacientaba, y hasta el perro percibía la tensión y gruñía. „Por cierto, dígame, ¿de qué murió en realidad?“, indagó el sepulturero. Fue como si en la oscuridad a nuestras espaldas brotara de repente una columna de la peste. En silencio, el amigo de mi padre extrajo del bolsillo de su chaqueta un formulario oficial. El hombre de la camisa de cuadros miró el diagnóstico y la mocedad del difunto; seguidamente las letras del nombre se fundieron en un código que penetró por los túneles de sus ojos en el cerebro, y comprendió. „Vamos, lo siento mucho, señora“, apretó la mano de mi madre. „Pero mi cementerio realmente está lleno“, y nos devolvió el papel. Luego, meditabundo, descolgó de la percha su chaquetón „ Aquí sólo queda una tumba. Es la mía.“ Metió la mano en el bolsillo en busca de la linterna y con un silbido llamó al perro. „Les mostraré el lugar, es bonito, debajo de un árbol, y alrededor, sólo personas decentes. Ya sabe, me llamo Perfecto, pues no voy a buscar para mí algo pésimo ¿qué dicen?”

La lámpara encima del plato siguió encendida cuando cerró la puerta de la pequeña casa y nos condujo, rígidos de tanta esperanza, al portón del cementerio. Avanzamos por un sendero ligeramente ascendente, cerrando la fila el perro. „De día no lo dejo entrar, pero de noche, ¿a quién le va a molestar?“. „A nosotros no“, aseguró mi madre al señor Perfecto. „A papá le gustaban los perros“, añadió mi hermana. „Aún más le gustaban los caballos“, me vino a la mente. „Podríamos pedir que le toquen alguna canción sobre caballos.“

„Aquí está“, se detuvo el sepulturero. „Muy bonito, ¿eh? Hay intimidad, vista bonita, vecinos decentes. El Maestro no hubiese podido elegir un sitio mejor. Entonces, qué, ¿lo quieren?“ „Sí, por favor“, balbuceó mi madre. „Pero, ¿y usted?“, preguntó indecisa. „Ya buscaré alguna solución, señora. Para un sepulturero siempre se encuentra un lugar, ¿sabe? Al menos alguna ventaja de este oficio.“ Movió la linterna como si fuese una campana. „Escribir tampoco es un oficio muy alegre que digamos“, suspiró el amigo de mi padre. „Por lo menos no en este país“. „Y cuando llueve”, interrumpió el necrólogo mi hermana, „¿el agua no se queda estancada?“ „¿Cómo? ¿En esta tierra?“ objetó consternado el sepulturero y apuntó con el ojo de la linterna la tierra oscura. „Esto no es ninguna arcilla, señorita. ¡Compruébelo!“

La lámpara se meció con la corriente de aire cuando rodeamos la mesa. El sepulturero apartó la cena y abrió el libro de registro. En la última línea vacía escribió el nombre de papá.

La lámpara seguía alumbrando cuando después de nuestra partida salieron de la oscuridad tres hombres y recitaron su lección aprendida. El sepulturero les escuchó y al cabo, por segunda vez, abrió el libro. „Miren señores, lo que está escrito, escrito está. Todo oficio tiene sus reglas, ¿no? Aquí no se va a borrar nada.„ Se metió la camisa dentro del cinto y en el pantalón y con un silbido llamó al perro.

Así el señor Perfecto hace veintiún años nos regaló y defendió una tumba. Lamentablemente, desconozco dónde encontró otra a cambio de la suya. Pero abrigo la esperanza de que sea en un lugar bonito, con vista bonita y personas decentes en los amplios alrededores.

(Metropolitan).




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